El Caracazo, suceso que partió en dos la historia venezolana

El 27 de febrero de 1989 las calles de Caracas se inundaron de pueblo venezolano, que salió a protestar en rechazo a las injustas medidas económicas conocidas como “El Paquetazo”, dictadas por el gobierno de Carlos Andrés Pérez durante el período (1989-1993) que fueron coordinadas por los intereses del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el gobierno norteamericano de George Bush (padre).

Estas medidas, absolutamente impopulares y perjudiciales para el pueblo venezolano, sometían al país a la liberación de los precios y tasas de interés; aumento del pasaje del transporte público en un 30%; aumento del precio de la gasolina en un 100%; aumento anual durante 3 años de los precios de productos derivados del petróleo e incremento en el costo de los servicios públicos. Estos lineamientos gubernamentales preveían también la eliminación de subsidios y el control de cambio de 30%; así como la congelación de cargos en la administración pública.  Vale recordar, que para ese momento Venezuela estaba hundida un 62 por ciento de pobreza extrema.

El gobierno neoliberal se esforzaba en fortalecer el sector empresarial, a costa del deterioro de la calidad de vida del pueblo, que estaba totalmente desprotegido por el Estado y a la merced de los intereses depredadores del imperialismo financiero.

Esta rebelión popular se inició en Guarenas, ciudad ubicada en el estado Miranda, en horas de la mañana que luego se extendió a las principales ciudades del país. El aumento del pasaje fue el detonante de esta situación, los transportistas aumentaron hasta un 300 por ciento del pasaje sin el beneficio del pasaje estudiantil, lo que fue un duro golpe a la economía venezolana. Aunado a esto, el acaparamiento y la especulación de los productos de primera necesidad como la leche, azúcar, café, harina, aceite, sardinas, pañales, entre otros, generó un gran desabastecimiento a nivel nacional.

En horas de la noche de ese 27 de febrero, se desataron numerosos saqueos en todos los comercios: supermercados, licorerías, mueblerías, agencias bancarias, línea blanca y tiendas de computación, efectuado por niños, hombres, mujeres y ancianos de las clases más humildes. Para ese momento, las fuerzas militares y policiales ya estaban desplegadas en la ciudad capital, pero la represión no había iniciado y se limitaba a acciones preventivas.

El pueblo hambriento, golpeado, maltratado, salió a protestar y comenzó a barrer con todo aquello que simbolizaba poder económico y especulación. Uno tras otro comenzó el saqueo de negocios de todo tipo y la protesta se fue generalizando en casi todo el país.

Y el gobierno de turno, respondió como sólo el aparato opresor del capitalismo sabe hacer: reprimiendo ferozmente, masacrando y asesinando, creyendo que así solucionaría el problema.

La ciudad se convirtió esa noche en un rumor de gritos y balas que hoy, para quienes vivimos ese horror, sigue marcado en nuestra memoria. Ese fue el día del miedo, pero también el día en que el pueblo gritó: ¡basta!

Toque de queda y represión

Ya para el 28 de febrero, el gobierno de Carlos Andrés Pérez decretó Estado de emergencia previsto en el artículo 240 de la Constitución del año 1961, suspendiendo las garantías constitucionales durante 10 días y militarizando las principales ciudades del país. Durante ese momento CAP activó el Plan “Ávila”, donde el ejército tenía la total custodia de la ciudad capital, permitiéndoles utilizar las armas de guerra contra el pueblo.

Estos acontecimientos dejaron miles de heridos, un número considerable de fallecidos y enormes pérdidas materiales. Esta represión fue sumamente dura para los barrios pobres de la ciudad capital y durante varios días Caracas vivió sumida en el caos, restricciones, escasez de alimentos, la militarización, los allanamientos, la persecución política y el asesinato de personas inocentes, el escenario más grave de violaciones a los Derechos Humanos en nuestro país durante todo el siglo XX.

La zozobra vivida durante esos días desde el 27 de febrero hasta el 02 de marzo de 1989, hizo renacer el despertar de un pueblo que necesitaba más que nunca un cambio político, pero sobre todo un gobierno que defendiera los intereses de los más necesitados y les diera dignidad y reivindicación social. Este fue un hecho de dimensiones tan trágicas que hasta la actualidad no se conocen cifras exactas de la cantidad de fallecidos, producto del levantamiento popular. Según las últimas cifras manejadas, aún por confirmar, se estima que solamente en la ciudad capital la revuelta dejó más de 3 mil personas fallecidas y 70 personas por identificar, información que se dio a conocer luego del hallazgo de fosas comunes en el sector “La Peste” ubicado en el Cementerio General del Sur.

Para 27 de febrero de 2009, durante la sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional (AN), el Comandante Hugo Chávez indemnizó a 135 familiares directos de 50 víctimas de aquella rebelión popular, dando cumplimiento con la sentencia emanada por la Corte Interamericana de los Derechos Humanos el 29 de agosto del año 2002.

“Fue el acontecimiento que hizo posible el 4 de febrero y la Venezuela que vivimos hoy”

El padre Matías Camuñas era párroco en 1989 en Petare y fue un líder activo del movimiento Justicia y Paz, quien luchó contra la impunidad que cubrió los sucesos de ese febrero y que hoy lo sigue convocando, porque es memoria viva de aquellos hechos propios del capitalismo, tal como lo viven varios países del mundo. Camuñas, hoy radicado en Ciudad Guayana, destino que le fue asignado a su retorno a Venezuela, luego de haber sido expulsado durante el gobierno de Rafael Caldera, nos relata su visión de aquel suceso que partió en dos la historia venezolana.

“El 27 de febrero de 1989 fue el acontecimiento que hizo posible el 4 de febrero y la Venezuela que vivimos hoy. La forma de relacionarse los gobiernos de la época con el pueblo era de una violencia que se convertía en masacre, de una violencia inusitada; el 27 de febrero fue precedido de (las masacres de) El Amparo, de Yumare, de Cantaura, de La Fría, de tantos acontecimientos donde siempre se repetía la misma forma, un gobierno masacrador, sin razón, sin apenas motivo.

Aparte de la masacre, los gobiernos se relacionaban con el pueblo con la mentira, por ejemplo, con el caso de El Amparo dijeron que eran guerrilleros, que tenían armas, que tenían bombas, luego se demuestra que aquello era mentira. El 27 de febrero se intentó de nuevo manipular y engañar al pueblo con “La Peste”. En la noche salían a recoger los cadáveres en bolsas de basura, para que nunca el pueblo supiera los asesinatos que se habían dado por parte del Gobierno.

Una de las cosas que siempre recuerdo es el caso de aquel soldado en Palo Verde, frente a la zona 5 del barrio José Félix Ribas, estaba llorando y cuando se enteró de que yo era cura, me dijo que para él le era imposible disparar ese tanque porque veía que esa gente era igualita a su mamá, su papá, sus abuelos, era un chico de Barinas. O el funcionario de la Policía Metropolitana que había estado con nosotros en los grupos juveniles, en una especie de confesión y de arrepentimiento me decía la gente que había matado y que casi que pensaba atentar contra su propia vida.

Esto era una manera de manipular por parte de aquellos gobiernos, por lo que me parece que a partir de lo que estamos viviendo, esta nueva época, hay dos o tres cosas como evidentes; primero la conciencia de dignidad que tiene la gente, segundo la conciencia de protagonismo, aunque sigan los problemas económicos y, sociales, esa dignidad y ese protagonismo no existía. En tercer lugar, hay una conciencia de haber sido incorporados, convocados a construir juntos esta nueva Venezuela entre todos”.

Prensa Fundayacucho. –